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7 de nov. de 2008

Jóvenes se sacuden la adicción en Hassela

por: Cari Simmons
Albergar delincuentes juveniles y adictos a drogas en una misma casa, parecería una forma de provocar el desastre. Pero si además hay adultos que prestan asistencia, una estructura definida, aire fresco y acceso a la naturaleza, se puede lograr un buen resultado.
El ambiente familiar del Colectivo Hassela hace que el visitante se sienta como en casa. El ambiente familiar del Colectivo Hassela hace que el visitante se sienta como en casa.

El ambiente familiar del Colectivo Hassela hace que el visitante se sienta como en casa. Foto: Cari Simmons

Hace casi cuarenta años, K-A Westerberg, su esposa Gunsan y el resto de la familia abandonaron su cómoda residencia de un suburbio de Estocolmo y se trasladaron a la naturaleza virgen de la región septentrional de Hälsingland, con el propósito de fundar un hogar para jóvenes en dificultad.

Fundado en 1969, el Colectivo Hassela ha sido uno de los primeros centros suecos de tratamiento de jóvenes drogadictos. A lo largo de los años, el Colectivo ha cosechado tanto elogios como críticas. Pero gracias a la dedicación de Westerberg y su personal, ha logrado resistir la controversia, a pesar de los cambios de tendencias, de gobiernos y de generaciones. 

Un gran corazón

En otro lugar, los “estudiantes” del Colectivo Hassela serían calificados de “internos” o de “pacientes”. Pero en el Colectivo la meta que se persigue es que aprendan, en primer lugar acerca de sí mismos. En contraste con muchos otros centros de tratamiento, a los jóvenes de Hassela raras veces se les administran medicamentos. Los estudiantes siguen un programa compuesto de escuela, ejercicio físico y el método Hassela, que se basa en terapia cognitiva conductista. Tienen que abstenerse del consumo de alcohol y drogas y de las relaciones sexuales.

Kenneth Engström ha sido superintendente del Colectivo Hassela desde que Westerberg se jubiló en 2006, a la edad de 77 años. Llegó a Hassela apenas graduada de la Escuela Normal Superior, hace doce años, y entonces Westerberg fue su mentor. Engström dice que el Colectivo Hassela es “severo y directo, pero tiene un gran corazón”.

Los “estudiantes” de Hassela disfrutan del entorno tranquilo y de un campo de golf.
Los “estudiantes” de Hassela disfrutan del entorno tranquilo y de un campo de golf. Foto: Cari Simmons

“En mi opinión, se trata de darles a los jóvenes el conocimiento que necesitan para vivir en la sociedad y la capacidad de orientarse ellos mismos. Hay un marco de claras reglas, sostenemos muchas discusiones y contribuimos a preparar a los estudiantes para su reintegración a la sociedad.”

Reaprendizaje de cosas básicas

Los que vienen a Hassela tienen una trayectoria de adicción, problemas de conducta y, en muchos casos, de actos criminales. Tienen entre 15 y 20 años de edad y diversa procedencia étnica. En su mayor parte, están en el Colectivo contra su voluntad; pero esto no quiere decir que aquí todo esté bajo llave: las únicas excepciones son la oficina, los almacenes y el refrigerador de la cocina, que está lleno de provisiones.

Hay otras características que distinguen al Colectivo: el personal vive en los predios de la organización y comparte las comidas con los estudiantes; a los padres de éstos se les anima a visitarlos, a condición de que no sean adictos ni al alcohol ni a los estupefacientes, y los estudiantes observan una conducta sorprendentemente buena y cortés.

El Colectivo concede particular importancia a que todos muestren mutua consideración y mantengan ordenado su entorno, partiendo del supuesto de que eliminando el desorden exterior se beneficia el interior de la persona. “Muchos adolescentes han olvidado como hacerlo —dice Gabrielle, que empezó recientemente a trabajar en el Colectivo—. Han perdido años consumiendo alcohol y drogas, y muchos han olvidado la forma de conducirse en la sociedad, por eso les ayudamos a colmar esas lagunas.”

Uno de los aspectos que más llaman la atención del Colectivo Hassela —al menos como impresión inmediata— es el entorno físico. El centro de tratamiento está situado en un campo de golf, donde los estudiantes pueden jugar a orillas de un lago, en medio del bosque y de pistas de esquí muy apreciadas. El edificio principal es una impecable alquería vieja espaciosa y acogedora. Los estudiantes tienen sus propias habitaciones.

Elin dice que lo mejor que le ha ocurrido ha sido su permanencia en el Colectivo Hassela.
Elin dice que lo mejor que le ha ocurrido ha sido su permanencia en el Colectivo Hassela. Foto: Cari Simmons

A los residentes se les alienta a participar en actividades deportivas y otros pasatiempos, también fuera de los predios del Colectivo. Igual que progenitores responsables, los miembros del personal pasan buena parte del tiempo llevando y trayendo a los estudiantes a poblaciones cercanas. Algunos van a escuelas, otros toman lecciones de yoga. La mayoría asiste a reuniones de Alcohólicos Anónimos, y todos reciben tratamiento y se someten a pruebas de la orina. 

Puntos y privilegios

Hay, sin embargo, muchas normas, y el Colectivo, que afirma que su índice de éxito es del 60—70 por ciento, aplica un programa rígido. Quien observa el reglamento puede ganar puntos y privilegios, como por ejemplo, idas al cine, a jugar a los bolos, visitas a un solario, e incluso ejercicios de paracaidismo (los que tienen suficientes puntos). A quien ignora el reglamento se le retiran los privilegios.

Elin, una chica amable de 18 años que se expresa muy bien, llegó al Colectivo Hassela hace seis meses. Echa de menos a su familia y a sus amigos, su teléfono móvil y la Internet. “También echo de menos la posibilidad de estar sola y que no me exijan cosas, dice Elin.

A pesar de que su partida del Colectivo está prevista para dentro de unas semanas, preferiría quedarse un poco más y seguir con su terapia, que siente que ha cambiado su vida favorablemente. “Antes de venir aquí era muy impulsiva; pero ahora puedo controlar mejor mis impulsos. Al comienzo me enfurecía y no quería aceptar ninguna ayuda; pero algo se liberó en mi interior, y de repente me sentí motivada. Lo mejor que me ha ocurrido ha sido venir aquí. Me siento despierta y pienso en forma diferente. Ahora me siento realmente bien.” 

En beneficio de la sociedad

Dentro de unos días, Elin hablará con unos adolescentes de un colegio cercano acerca de su experiencia, exponiendo cómo entró en el ambiente del alcohol y de la droga. “Es asombroso lo rápido que se degrada uno y lo fácil que es que una cosa conduzca a la otra. Es eso lo que quiero advertir a otros”, dice Elin.

El tratamiento de jóvenes con problemas cuesta mucho a los contribuyentes suecos: aproximadamente SEK 3.500 (455 dólares EE.UU./355 euros) por día. Pero es dinero bien gastado, en opinión de Kenneth Engström. “El gobierno no siempre está dispuesto a gastar dinero, y aumenta cada vez más la presión sobre organizaciones como la nuestra, para que sean más eficientes. Pero hacer que una persona regrese a la vida sana bien vale el gasto.”

Mali, que forma parte del personal, llegó a Suecia de Irán hace quince años. Elogia los recursos existentes en Hassela. “En mi país de origen no hay ayuda para los jóvenes, a menos que sus familias tengan dinero para pagarla. Es trágico. En Suecia, en cambio, a los jóvenes con problemas se les da una segunda oportunidad.”

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Cari Simmons

La visita de Cari Simmons a Hassela la impresionó particularmente por la dedicación del personal y la franqueza de los estudiantes. Piensa en esos adolescentes y espera que tengan éxito en “sacudirse la adicción”.

La autora es la única responsable de las opiniones expresadas en este artículo.

Traducción: Álvaro Eljach

Clasificación: A270SP


 

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