29 de feb. de 2008
Temido por muchos, amado por pocos, Rinkeby es el lugar adonde fueron a parar muchos inmigrantes que vinieron a Estocolmo en la década de 1970-80. Es también el lugar donde Alexandra Pascalidou encontró su voz. He aquí su relato.
Un día que estaba sentada en la cocina, comiendo un pastel de queso de oveja, vi al vecino griego que saltaba por la ventana del baño. La gente del barrio murmuraba que había leido un libro y se había vuelto loco. Por ese entonces yo tenía diez años y nunca había visto a nadie leer libros.

Alexandra Pascalidou disfruta del verano en Rinkeby con su sobrina Jordana.
Foto: privada
Crisol de culturas
Nuestro bufón del barrio solía pararse en la plaza, cerca de la fuente que nunca echaba agua. A veces se trepaba al árbol y fastidiaba a los transeúntes. Se colgaba de las ramas y se mecía como un simio, maldiciendo y cantando en varios idiomas. Me daba miedo.
Yo me crié en Rinkeby, el suburbio más pobre de Suecia. Muchos le temían, pocos lo amaban. En 1975, catorce mil inmigrantes de todos los rincones del planeta, con maletas llenas de sueños de libertad y de un futuro mejor, llegaron unos tras otros al barrio que todavía olía a pintura fresca. Griegos, chilenos, españoles, húngaros, yugoslavos, asirios, turcos, somalíes, iraquíes, azaríes, rusos y gambianos. Mi casa era Naciones Unidas en miniatura. Una ensalada melódica de idiomas cubría como una alfombra de sonidos las plazas y las escaleras de las casas.
Atractivo para la realeza
Eran almas fuertes que habían arrancado sus raíces y dispuesto su vida detrás de las pesadas fachadas de hormigón. Viejos chiflados, madres solas, héroes caídos, pícaros de buen corazón y gente incurablemente optimista. Personajes agudos que encarnan destinos como sacados de la literatura mundial. Quizá sea esta la razón de que todos los años los Premios Nobel de Literatura se sientan atraídos al barrio. Después de la glamorosa cena con la familia real es el momento de visitar el reino de hormigón.
Esto vi en mis años de crianza en Rinkeby: frecuentes visitas de reyes y reinas, presidentes y personalidades que venían a nosotros y nos despertaban, sin proponérselo, un sentimiento de que, a pesar de todo, tal vez éramos unos elegidos. Puede haber sido para ellos simple beneficencia, pero a nosotros nos hacía bien. Por fin podíamos mostrarnos. Cuando Madame Mitterrand nos visitó pude leerle poemas en francés; cuando fue la reina Silvia, escolares de Portugal y Brasil pudieron hablarle en su lengua materna; cuando iban ministros hablábamos en voz alta. Aprovechábamos la ocasión cada vez que alguien nos escuchaba o veía, mientras que nuestros padres tenían bastante que hacer con sobrevivir.
Creatividad que nace de la pobreza
Rinkeby es pobre. El hacinamiento, el desempleo, la droga y la delincuencia, la segregación, las bajas por enfermedad, no son sólo estadísticas lamentables. Pero Rinkeby es rico en todo lo que no se puede expresar en cifras. De la oscuridad más profunda germina una indomable creatividad y fuerza. En nuestros festivales de Rinkeby, con su aroma de chorizo y suvlaki, llenaban la escena grupos de samba, rappers y poetas apasionados. En cada piso del barrio vivía un talento ansioso de vestir nuestra realidad en palabras.
En esa época, Suecia era un país de vanguardia. A los niños se nos ofrecían gratuitamente lecciones de música, danza, deportes y teatro en las horas libres. Yo me apunté a todo. Los lunes tocaba el piano, los martes la guitarra, los miércoles bailaba ballet de jazz, los jueves danzas folclóricas griegas, los viernes jugaba al baloncesto. Además, todos los días de la semana hacía gimnasia. Como no logré ser la mejor en nada de eso, me convertí en presentadora de programas, periodista y escritora. Rinkeby siempre fue mi hilo conductor, mi referencia.

El festival multicultural de Rinkeby atrae público de todas las edades.
Foto: Laura Pouso
Primer certamen nacional de poesía en escena
El vecino que había leído un libro no sobrevivió la caída; pero con el bufón de mi barrio, que había dejado de colgarse del árbol, me topé diez años más tarde. Fue en un certamen de Poetry Slam en la Casa del Pueblo, de Estocolmo, donde yo formaba parte del jurado. Con vibración y ritmo que me invadía todo el cuerpo recitó un poema propio. No recuerdo de qué trataba, pero nunca olvidaré la sensación que él transmitía ni el orgullo de sus ojos centelleantes cuando nuestros aplausos no parecían tener fin.
Ser de “los otros” muchas veces le infunde a uno el sentimiento de originalidad. El hecho de ser extraño puede significar la caída, pero también el vuelo libre. Nosotros que no hemos obtenido todo lo que pedíamos, a quienes nunca nos han servido la alta cultura en bandeja de plata, estamos obligados a pisar un nuevo terreno. Estamos obligados a encontrar humor en la miseria y risa en el dolor. Somos gente joven que escribe libros, canta, baila, pinta y encuentra nuevas expresiones culturales para su gusto y anhelo. Es la razón de que germine todo eso en Rinkeby y en todos los Rinkebys del país.
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Alexandra Pascalidou es periodista, presentadora de programas de televisión, autora de cuatro libros. El primero de ellos, Bortom mammas gata (Más allá de la calle de mamá), trata de sus años de niñez y adolescencia en Rinkeby. Fue aclamado por la crítica en Suecia y también tuvo gran éxito en Grecia, su patria. El más reciente de sus libros, Taxi, se compone de entrevistas en profundidad con taxistas en varias partes del mundo. Alexandra ha trabajado como presentadora de programas, tanto en Suecia como en Grecia, incluidas emisiones de ambos países en los Juegos Olímpicos de 2004 y el Festival de la canción. Escribe crónicas en Metro y otros periódicos y dirigirá el programa de radio Ring P1 (Llama al canal uno) esta primavera.
La autora es la única responsable de las opiniones expresadas en este artículo.
Traducción: Álvaro Eljach
Classificación: A233SP
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